
Qué vaina, el mundo está lleno de asuntos que me esperan y yo no puedo acudir porque tengo que esperar a los maestros. Ustedes saben; hay que entrar a picar y compañía. Todo aquello por lo que un cambio de casa se torna lánguido y con ribetes de estrés. Las cañerías gotean, hay que pintar la tina, esgrimir un buen argumento con el taladro mecánico. Y mientras tanto difícil entrar a la rutina de siempre, arreglarse como siempre, comer sano, plantear buenos propósitos. Primero hay que desempacar las últimas cajas. Desempacar no es tanto como encontrar un lugar para cada tontería que una acarrea por su paso.
Ahora espero al maestro que me deja plantada ya más de una hora. Para esperarlo me consuelo con mi blog.
Estoy feliz con mi casita nueva. No sólo me queda a pocas cuadras de la universidad, donde comenzaré el doctorado y además trabajo haciendo clases de artes integradas y literatura infantil sino que al fin me siento situada en Chile, un Chile de barrio. Las cosas que pasan son a veces intimidantemente mágicas. Pero justo cuando decidí hincarle el diente escritural más a la línea infantil me cambio a este block que está lleno de niños chicos. Desde mi ventana los veo jugar y escucho sus conversaciones. Me inspiran. Estoy de cabeza reuniendo el corpus de un poemario para niños y me divierto demasiado en ello. Bueno, la diversión nunca es demasiada y realmente puchas que es rico encontrar una veta escritural y agotarla hasta el final.
Ahora me pasa una cosa rara. Resulta que antes la escritura era como una actividad tan mía, tan íntima que hasta me sentía avergonzada de publicar, de hablar de mi trabajo poético. Tenía esa creencia muy de "mi generación" de que el poema debía reposar y que la escritura es más lo que pasa mientras NO estás escribiendo. En cierto modo pienso lo mismo que antes sólo que tal vez ya llegó la hora de algunos libros que ya llevan mucho tiempo en las sombras. Están esperando ahí, les doy vueltas pero algo me hace no concretar su escritura definitiva. Bueno, también está todo el rollo de publicar. A veces me pregunto qué arrogancia me llevaría a ventilar asuntos que son tan íntimos, que tienen que ver con mis procesos sanadores y de autoconocimiento.
La transformación, ale, la transformación.
Ah, de veras. La belleza, la belleza es compartible, casi se me olvida.
Sigamos, la cosa rara que me está pasando es que tal vez influenciada por los poetas jóvenes que me ha tocado conocer en este año de farra y poesía que acaba de pasar, percibo que no hay por qué esperar tanto y que bien se puede uno tirar a la piscina en ejercicios de lenguaje que, aún no siendo sublimes, comunican, están ahí como una manifestación más de la ficción, o como me gusta más decir a mí, de la imaginación.
En forma sencilla para resumir lo que me pasa; no hay para qué haber vivido en carne propia lo que ya ha vivido la imaginación o doy por vivido todo lo soñado.
Hay una diferencia en poner a la imaginación al servicio de la experiencia y poner la experiencia al servicio de la imaginación. Creo que me voy acercando más a esto último. Es casi como un relajo de la existencia, una liviandad inédita.
Así que aparte de las cuitas espantosas de mi vida que son tradicionales; mudanzas, penas de amor, cuentas impagas, adolescencia galopante (propia y ajena)la vida es tan pero tan emocionante cuando se cuenta con la propia imaginación. En todo sentido lo digo.
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