
En cierto modo considero un privilegio el que se me haya concedido el haber vivido un tiempo considerable fuera del país y volver ahora a retomar lo que se me quedó pendiente. Cada día me depara una sorpresa, un nuevo rayo de luz sobre la sombra de la memoria. Un espacio, un rostro, un acontecimiento que se aclara y una Alejandra que se recupera del pasado. Activar una ale diferente en cada encuentro. Que esté esperando el metro y una voz conocida me pregunte “¿te acuerdas de mí?”. Y yo; “cómo no te voy a recordar”, eres el mismo pero más manchado, más cansado. El mismo atlético joven delgado que me salvó de una detención después de ser sorprendidos in fraganti rayando una muralla en la Alameda. Me hiciste correr como nunca corrí antes y ambos nos salvamos de la patrulla militar que nos seguía. El estruendo de sus botas todavía retumba de lado a lado de mi frente. Me salvaste pero sólo recuerdo tu chapa. Imposible olvidarte, imposible en el momento en que se alumbra ese momento. Y todo lo que significaba. Por qué llegó la ale a encontrarse allí, en esa situación, con ese joven atlético. La que fui me es lejana y presente a la vez.
Una vez me jacté de que yo no tenía generación, a propósito de la tan mentada generación de los 90, pues mi generación había desaparecido con la entrada a los fatídicos años y yo había sobrevivido y la corriente vital me expulsó hacia otro espacio, otra situación, otros momentos. Entrando a la universidad perdí contacto con los que crecí y me formé en torno del acrisolado reducto de izquierda de clase media que participó en la FESES. (Los lectores modernos quizás no saben qué era la FESES; era la federación de estudiantes secundarios que durante los 80 protagonizó manifestaciones memorables contra la dictadura) Era una náufraga de mi pasado y no me sentía parte de la generación de los 90, creo que ésta se afirmó bien entrados estos años y que me considero más una que vivió en los 80 su etapa de grupo y en los 90 publicó y trató de seguir escribiendo. Bueno, el que me sintiera así de a la deriva no quitó que pudiera hacer lo que hacen todos los jóvenes poetas que están en su proceso de formación, que es juntarse en grupo para hablar de poesía y emborracharse, obvio. A lo que voy, es que mi entrada a las letras se gestaba en los 80 pero además vivía lo que iba a procesar después, siempre, hasta ahora. Eso de la patria remota y simultánea de que hablo en un poema.
Pero una cosa es estar a solas con tus fantasmas y otra muy diferente es encontrarse con los fantasmas, ser a tu vez un fantasma para alguien, pertenecer a un mundo de fantasmas y hasta flirtear en la carne con ellos. Que te pregunte un fantasma “¿y a ti qué te pasó?” y que tú digas la palabra clandestinidad, la palabra golpiza, y que estas palabras no causen revuelo o compasión, que incluso sean palabras que otros también llevan como marcas de heridas bien profundas junto con otras que tú no puedes pronunciar y que su dolor en ti es de tipo empático universal. Cuando tú tienes esas palabras en común con alguien que te encuentras por azar en la calle o en el bar, una parte de tu soledad extranjera es laceada con un nudo de tiempo.
¿Qué está allí? ¿Qué está contenido en el nudo de tiempo? Quisiera saber los pormenores. Me interesa saber qué sentiste cuando tuviste el arma en tus manos, cuando te manosearon en la comisaría, cuando viste que se llevaban a tu compañero, cuando la bala la tiró a ella y tú seguiste corriendo.
Es una extraña unión la que se recupera con este nudo. Uno podría hablar que es una unión de la tragedia pero no es así. Hay mucho más que tragedia en esa porción del pasado. En cierto modo la tragedia no nos pertenece porque no fuimos víctimas. Como dice Primo Levi; el sobreviviente no es una víctima, él vivió para contarlo.
Vivimos para contarlo, yo ahora vivo para contarlo.
Quiero que escriban los fantasmas, que saquen todas sus palabras a relucir: tragedia, mito, heroísmo, canallada, esperanza. Que se suelten del nudo las palabras y se derramen sobre las conciencias. Que se junten las palabras y formen escuadrones. Que sean mortales los escuadrones. Que traigan paz los escuadrones de palabras. Que se escriba, se publique y se diga: “bienvenida generación perdida”.
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