
Seguro que les ha pasado alguna vez; estás seguro de la victoria y la derrota te pilla desprevenido. Te preparas a conciencia –no vas a dejar el triunfo a manos de la casualidad- te juegas tus mejores cartas , chequeas tus debilidades, te concentras en tus fortalezas, despejas los miedos y te echas para atrás, abanicándote ante la perspectiva de un triunfo seguro. Sueltas y confías…y pierdes. Te destrozan tus argumentos, quizá ni siquiera te den chance de argüirlos, te sacan a relucir una cita libresca o una estocada en el centro del hipotálamo del público te deja desarmado. No contabas con su astucia, no contabas con esas órdenes superiores que tú, tú y todo tu entusiasmo, no pueden ni podrán jamás controlar. Tú piensas que tienes razón, intentas ser objetivo y la objetividad te dice que la tienes, que estás del lado de los buenos. Te has intoxicado demasiado con finales de Hollywood o con canciones de Silvio Rodríguez; el bien siempre triunfará, es imposible ocultar la verdad con un dedo. Un dedo que en la realidad es una garra enorme que echa sombra y, peor aún, duda. Dudas de lo que tienes, la verdad que te has ido conquistando a base de empiria, ni siquiera de información, dudas de esa empiria, dudas de la experiencia, dudas del camino recorrido. Pierdes, crees que pierdes y en tu derrota echas todo por la borda. Dices “tiempo perdido”, dices “margaritas a los chanchos”, dices “perlas rodando por una ladera de indiferencia”. Dices tantas cosas porque pierdes, porque crees que has perdido, que alguien te debe algo, reclamas tu recompensa. ¿Dónde quedó lo vaticinado? Calipso reclamando la constelación que le prometieron en el Olimpo.
Y qué, la historia no es sólo escrita por los vencedores sino también olvidada por ellos. Tú perteneces a estirpe de vencidos, de casi extintos. A materia de sueño que surge de sueño trunco. Segunda generación fraguada en el aborto. Prematuro que aprende a respirar antes de tiempo. De sueños se compone tu ruta, de esperanza, de confianza arrogante en la victoria. Confianza casi bíblica, impajaritable movimiento dialéctico. Todo eso que se estrella ante la apariencia, ante la trampa de las circunstancias, del pequeño gran elefante kafkiano llamado “institución”, llamado “realidad”, llamado “mercado”.
Pero ¿eres verdaderamente una víctima? Tú entraste al juego, tus cartas eran valiosas pero quizá no poderosas. Tú dijiste “camarón que se duerme…” y te opusiste, entraste al ring. Luchaste, perdiste, no fuiste víctima, no estás en la lista de nombres olvidados, eres el Héctor de Aquiles. Tienes razón pero perdiste.
Pero yo te digo –me digo seriamente- no te rindas, prueba otra cosa. El otro lado de la ladera, el remanso entre corrientes. De todos modos no tienes alternativa; vuelve a tirar todo a la parrilla otra vez. Tu constelación ha estado desde siempre allí, sólo falta que alguien la descubra y la describa, Calipso. La recompensa está allí, no puedes perder, se cierra una puerta y una ventana se abre.
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