miércoles, junio 29, 2011

la frontera indómita


Aquí les presento la estupenda reflexión que hizo una estudiante de mi curso de literatura infantil. Ella es Mónica Díaz, profesora de un Primero Básico en un colegio de Santiago de Chile que usó parte de mi metodología de Educación Poética.

"Como seres humanos sentimos la necesidad de expresarnos, pero nos vemos coartados por el mundo real, que nos exige ciertas conductas y respuestas frente a determinados temas o situaciones. Existe un encasillamiento, de lo que es bueno y lo malo, de cierta manera moldea nuestra manera de pensar y sentir, como sociedad, como cultura. Esto decanta en un miedo a expresar, y por sobre todo, a escribir, ya que hacerlo supone de muchas reglas y no saber aplicarlas, es no saber escribir.

En este sentido, señala Montes, la literatura se rige por otras normas, puesto que supone más que el hábito de leer libros, es experiencia, sentimientos, juego, imaginación, en definitiva, expresión del yo interno y la constante interacción del medio. Y es esto lo que mis alumnos no habían logrado desarrollar, porque yo no he creado las instancias para que llegasen a darse cuenta de que era necesario trabajar en grupo, de aprender a debatir, a discutir sin enojarse, a respetar las opiniones diferentes de las propias. Y esto pasó, básicamente por mi miedo a ver un desorden en la sala de clases, que en definitiva, fue lo que sucedió en los primeros días, entonces decidí no hacerlo más o no muy frecuentemente, y esto desencadenó en que los estudiantes de mi curso se perdieran estas situaciones de convivencia.

El objetivo de la intervención de aula, era desarrollar y potenciar en los alumnos, habilidades de trabajo grupal, a través de la utilización de metodologías innovadoras; los estudiantes de mi curso lograron trabajar de manera conjunta, resolviendo, cada vez más, los conflictos que se les presentaban, tratando de tomar la opinión de cada integrante y llegar a un acuerdo, situación que antes no se daba, ya que los grupos eran dominados por lo niños líderes, los que más participaban siempre, dejando sin espacio a los más tímidos.

Esto es un proceso en el que debemos seguir trabajando en conjunto, mis estudiantes y yo, ya que gran parte del problema es responsabilidad mía, tanto por las metodologías utilizadas, como por el prejuicio que muchas veces hago de ellos, con respecto a lo que son o no capaces de hacer.


Ciertamente los niños de cinco y seis años, que ingresan a primer año, están lejos de ser tabulas rasas, como se creyó en algún momento. La mayoría trae consigo un enorme acervo de experiencias, adquiridas producto de su interacción con el medio, sus familias, jardines infantiles, barrio, medios de comunicación. Sin duda esto muchas veces se deja de lado en las aulas, partiendo de la base que los niños no saben, o no manejan ciertos aspectos del lenguaje, lo que es un error, puesto que los niños traen consigo este lugar, esta frontera, esta cultura ya adquirida, el lenguaje, este goce por el arte de escuchar y hasta leer, en algunos casos, cuentos e historias. Este placer se va acrecentando con los años, se alimenta de las mismas experiencias, pero algo sucede en las escuelas que en vez de potenciarlo, lo liquida, esto se debe a que las exigencias del sistema escolar, no concuerdan con lo que los niños esperan de esta experiencia de leer, la tención llega a tal punto, que decanta en una decepción y nulo interés por desarrollar su libertad y entonces, las experiencias ligadas a la literatura, tratadas en los colegios, no se pueden ubicar en un lugar definido, quedan en el aire, por no tener directa relación con la experiencia de ellos, convirtiéndose así en experiencias vacías, carentes de sentido, por lo tanto pasajeras e insignificantes.

Esta capacidad del ser humano de soñar, sentir, experimentar, imaginar, no es otra cosa que la respuesta que damos a lo que recibimos a diario, y si los niños están insertos en un mundo escolar que no les proporciona estas posibilidades, difícilmente lo podrán encontrar en otras circunstancias, puesto que donde pasan la mayor parte del tiempo, y por qué no decirlo, de sus vidas, es el colegio, y debiera éste encargarse de propiciar espacios para ello, sin embargo en la actualidad esto no es así. Los centros educativos están cada vez más preocupados de los resultados a corto plazo, de competir por puntajes en pruebas estandarizadas, dejando de lado lo que realmente debiera importarle: la formación integral del niño, como ser humano, como ser que siente, aprecia, y crea. Pero ¿Qué sucede con los adultos que no tuvieron esta experiencia en la niñez? ¿Serán igualmente capaces de apreciar y gozar de la literatura y las artes, si nadie les enseño o ayudó a desarrollar este placer? Nuevamente surge la responsabilidad que le compete a la escuela, y sobre todo a nosotros los maestros.

En este contexto, se hace necesario entonces crear una conciencia, a nivel de educadores también, porque sin duda alguna, somos artífices de lo que serán las futuras generaciones, y mientras permanezcamos aislados, desconectando nuestras experiencias, nuestros sueños de nuestra práctica diaria, seguirán pasando por nuestras aulas cientos de niños, ávidos de sacar afuera sus emociones, pensamientos y sueños; encontrándose con métodos aislados de sus intereses, futuros adultos carentes de sueños."

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