miércoles, julio 20, 2011

"Gotas sobre loza fría" de Carmen García: pesada cae la memoria.



“Un poema es un espejo rodando calle abajo”
Laurence Ferlingetti


El problema con presentar un libro de poesía es que cuando éste es bueno sobran las palabras y cuando es malo no hace falta decir nada. El libro de Carmen García es bueno, así que todo lo que tengo que decir de él me parece que está demás. Sin duda el lector que se enfrente a este poemario se enfrentará a su propio evento de lectura, tendrá sus propias impresiones sobre este sugerente poemario que acertadamente publica Cuarto Propio.
Sin embargo, y porque ella me lo ha pedido, compartiré algunas ideas de mi lectura de Gotas sobre loza fría. Para mí este es un abigarrado poemario sobre la memoria biográfica. Que se me entienda; este libro no teoriza ni relata la memoria, su proyecto es disciplinadamente poético; el libro proporciona imágenes para que la memoria aparezca en su forma preferida que es la del fragmento, la del retazo. No es que el poemario no se haga cargo del dilema del tiempo –dilema que es el meollo de todo trabajo de memoria-, sí que se hace cargo del tiempo y de su orden, pero lo hace persiguiendo una secuencia de imágenes que conforman una metáfora profunda que da cuenta del tiempo de memoria. Carmen García reflexiona sobre el proceso de memoria desde el lugar de una conciencia puramente poética. Hace tiempo que no leía un libro de algún autor chileno que se propusiera tal pureza y déjenme decirles que el riesgo vale la pena y se agradece.
En Gotas sobre loza fría, las gotas caen pesadas y empalagosas debido a este proceso que consta de dos movimientos bien diferenciados. En primer lugar las gotas que caen sobre la loza fría no se evaporan, se quedan ahí por un buen tiempo, el frío las conserva. Diferente sería si las gotas cayeran sobre loza ardiente: el recuerdo, ah perdón, la gota, se evaporaría. Por el frío se mantiene el recuerdo tal y como cayó. De ahí la sensación de que es pesada y no dúctil la gota del recuerdo que cae y se queda allí, dejando una marca, una mancha de agua que quizá no se borre nunca. Esta poesía es densa, es Dichtung; en alemán: condensación. Se hace con con-densación.
Entonces, desde mi lectura, el primer movimiento del proceso de memoria en el libro de Carmen es esta densación. Hay densación en esta poesía. Digo que densación es una sensación apretada, de secreto guardado por largo tiempo, de tesoro enterrado que se inscribe en los mapas y señala un camino al que se llega “de rodillas”.
A la memoria se llega de rodillas, incómodo, con sacrificio. Es como penetrar y hacer engendrar a una piedra. Y que la piedra dé hijos, que los hijos sean los versos. Las “palabras quebradas que vienen de abajo”. Los poemas blancos, peregrinos que cruzan las vidas y miran con ojo bizco, los corazones de pájaros que hay que desenterrar para plantar semillas en los ojos de los muertos. O alimentarse de la larva del corazón que teje un camino ciego. Que los hermanos se hagan mierda los dedos tratando de penetrar la piedra, la piedra del pasado. ¿Quién pone hielo en la mesa del domingo y a la sopa hace intragable? Es la piedra del pasado, la piedra del error, la piedra del amor, la piedra del desamor, la piedra desolación. La piedra es el padre, deja entrever al costado de la penumbra la Carmen. El padre es el “caballo que recorre latitudes /con una máscara de hierro sobre los ojos”. El secreto que endurece en las sombras algo tiene que ver con el padre, con la ley del padre omnipresente. Pero ¿qué tan omnipresente puede ser cualquier ley que permita la gesta del secreto? Y sí, algo se fragua en las sombras, la confección de mapas de “lenguas olvidadas”, un bautismo de piedras como ciudades.
Después de la densación ¿qué se hace con la piedra de la memoria? Después de conocer, experimentar y dar imagen a la sombra ¿qué más hacer con los recuerdos? Si el recuerdo es tan duro que se hacen mierda las posibilidades materiales de cambiar el pasado, si hace tanto frío que el fuego no transforma el plomo en oro. Si la morada son las tumbas de los antepasados ¿qué opción de transformación resta?
La única opción que queda es fundar un reino sobre las piedras del camino y que el reino sea el poemario.
Y he aquí que un segundo movimiento trae una nueva oportunidad. Hay un desplazamiento del recuerdo desde su densidad hacia su posibilidad. Hay una resignificación de la piedra; cuando rueda la piedra ya no es más pesada. Convertida en poema llega hasta los pies de los demás, hace escuchar su “quejido hueco”. Sobre el poema puede alguien más llegar a posarse. Los poemas son “pájaros extraños” que levantan el polvo de las piedras y dejan vislumbrar lo que estaba secreto. En ningún caso revelan, no señor, aquí no se muestra nada en su desnudez. La verdad es la sombra- como advierte el epígrafe de Paul Celan al abrir el libro- y la esencia de la sombra es que para ser tiene que carecer de luz.
En Gotas sobre loza fría valoro, por sobre todas sus evidentes cualidades, el que jamás se revele el gran secreto. Disfruten, lectores; ¡el secreto se mantiene hasta el final!
Carmen García aborda con rigor su reflexión poética sobre la memoria. En ningún momento es seducida por el streap-stease emocional, el facilismo de la “verdad biográfica”. También su aliento es apretado, mejor dicho, dosificado. Ella tiene un propósito; dar las señas de su mapa de memoria. No viene a quejarse, no viene a escupir, no viene a ser la víctima del destino. Ella viene a trazar y proponer y a dejar en claro. Hasta donde la sombra lo permita. Esto bien lo sabemos las locas y nos reconocemos en sus poemas.

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