
Formas literarias del protagonismo del YO -como crónicas, recuerdos, autobiografías y cartas- pertenecen al acervo literario occidental más antiguo. Ellas muestran la profunda necesidad del ser humano de reflexionar, a través del recuerdo, para ganar distancia en cuanto a la vivencia propia y reconocerse en el camino recorrido. El género literario autobiográfico es definido tradicionalmente como “una puesta en escena literaria de la vida propia o de fases de ella, en la que la conciencia del autor se constituye significativamente en su proceso de socialización. Se cuenta entre las estructuras típicas de la autobiografía el que el sujeto narrador sea idéntico con el sujeto narrado y que la historia de la biografía se cuente desde la perspectiva retrospectiva ya sea como una búsqueda de sentido o como motivación psicológica de la trayectoria vital” (Der Literaturbrockhaus 1995, p. 231).
No obstante, la manera en que el género autobiográfico ha aparecido en la historia de la literatura es tan diversa como diversos han sido los sujetos que se ven impulsados a narrar sus biografías. Se podría llegar a decir que la necesidad de narrar la propia historia ha sido materia de la literatura desde el comienzo de los tiempos, incluso desde antes de la aparición de la escritura. El ser humano siempre se ha visto en la necesidad de contar retrospectivamente. La puesta en escena de la biografía ha sido componente sustancial de la educación, la espiritualidad y los procesos de identidad tanto individual como colectivos, a lo largo de los tiempos. La famosa sentencia inscrita en el oráculo de Delfos, que inspiró, en parte, la filosofía y religión de la antigüedad, el famoso conócete a ti mismo, es una prueba de cuán importante era para los antiguos la auto reflexión.
Son muchos los autores que han concordado en que “la autobiografía es una comprensión de sí mismo”, como escribe el filósofo W. Dilthey. La comprensión es el motor, la necesidad que radica en el impulso de escritura, no el acumular hechos. Probablemente no haya un género literario más útil para el ser humano de carne y hueso, en primer lugar para el que la escribe, que la autobiografía. El punto de hablada de una autobiografía siempre es una búsqueda del sujeto mismo de comprenderse y re-crearse, no tanto el hacer un aporte a la literatura, aunque es claro que muchas autobiografías se han escrito por motivos edificantes y otras se han convertido en verdaderos monumentos de la literatura. Pero en el centro de la autobiografía está el sujeto mismo, no ya el “hablante” literario sino el sujeto que está detrás de la escritura, que recuerda, escenifica y, sí, también manipula los materiales que surgen de su propia experiencia. La autobiografía, más que cualquier otra forma literaria, encuentra su intención y sentido en el proceso más que en el producto de la escritura. La noción de proceso es fundamental para valorar este tipo de literatura, sin ella es considerada “literatura menor”.
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